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CIUDADES
LITERARIAS
El
Madrid de las letras
París, capital literaria
Sicilia: Mafia, príncipes y Garibaldi
Lisboa, adoquines de poesía
Berlín, la ciudad de los espías
Illiers-Combray, el lugar que inventó
el turismo literario
Londres, la cuna de Sherlock Holmes
San Petersburgo. La patria de Dovstoievski
Atenas, la infancia de oro del pensamiento
Praga, ciudad de cuentos, ciudad de
Kafka
Dublín de la mano de Joyce
El
Madrid de las letras
La taberna
en la que Galdós situó su obra sobre el
Trienio Liberal aún permanece abierta en Madrid,
aunque transformada en un pub irlandés. Si el
lector turista visita Madrid en julio o agosto y se
siente agobiado por los rigores de su extremado estío,
ha de seguir el consejo de Ernest Hemingway, quien apuntaba
en 1932: "En las noches demasiado calurosas podéis
ira a la Bombilla, sentaros, beber sidra y bailar. Hace
siempre fresco cuando se acaba el baile, bajo el follaje
de las largas avenidas de árboles, bañadas
por la humedad ascendente del pequeño río."
Bastante alejado del Manzanares, el río al que
escritor se refiere, el Hotel Suecia (Marqués
de Casa Riera, 6) fue el favorito de Hemingway por su
proximidad al museo del Prado. Todavía puede
ser un buen alojamiento para el turista literario. Gustaba
el novelista de hospedarse en él durante sus
últimas visitas a Madrid. Alquilaba para ello
toda una planta del edificio. Al día de hoy,
una placa, colocada recientemente en la entrada, recuerda
sus estancias. No muy lejos de allí, al otro
lado de la carrera de San Jerónimo -a la que
se llega tras cruzar la calle de Zorrilla, se encuentra
el Barrio de las Letras. No es casual su inequívoco
nombre. Entre sus casas, que cuentan entre las más
típicas de la ciudad, todavía se alzan
las que albergaron a algunas de las plumas más
grandes del siglo de oro -Lope de Vega, Cervantes-.
Cerrado en gran medida a los automóviles, el
suelo de la calle de Huertas ofrece al visitante fragmentos
de algunos de los grandes autores que lo hollaron en
otros tiempos. El paseo por la zona bien puede prolongarse
hasta la Puerta del Sol. En ella, en 1727, recordaba
Diego Torres de Villarroel a Quevedo "Tiró
don Francisco por la calle de la Cruz abajo, y yo siguiéndole
y sudando por ganarle la ventaja que me había
cogido. A la Puerta del Sol llegué a emparejarme
con mi difunto; y desmoronando la esquina que sube la
calle de Carretas, vimos un envoltorio de hombres más
alegres que el tamboril de Baco"... Acaba la calle
de Carretas en la plaza de Jacinto Benavente -cuyo nombre
es un tributo al primer Nobel que dieron las letras
españolas- y, cruzada ésta, el paseo puede
proseguir hasta la Plaza Mayor. De cuando en esta última
aún se lidiaban toros en grandes ocasiones, escribió
en 1846 Alejandro Dumas, "Imagínese el movimiento
constante de 100.000 personas que pugnan por invadir
el sitio de sus vecinos, imagínese los rumores
que producen esas 100.000 voces y su imaginación,
por rica que sea, quedará muy por debajo de realidad".
Hace ya más de 100 años que no se torea
en la Plaza Mayor, pero sigue siendo uno de los lugares
más transitados del centro de Madrid. Pero si
hay un Madrid literario por excelencia ése es
el de Benito Pérez Galdós, otro amante
el exaltado del centro de la capital de España
que, curiosamente, también es el centro geográfico
del país. "Mari-Blanca continuaba en la
Puerta del Sol, como la más concreta expresión
artística de la cultura matritense". Escribe
en la 'Fontana de Oro'. "La estatua, que en anteriores
siglos había asistido al tumulto de Oropesa y
al motín de Esquilache, presidía ahora
el espectáculo de la actividad revolucionaria
de este gran pueblo". Para el autor de los 'Episodios
nacionales', la Carrera de San Jerónimo era "la
calle más concurrida de la capital". Bien
es verdad que, al día de hoy, hay otras muchas
arterias igual de frecuentadas en la ciudad, pero, no
por ello, la favorita de don Benito ha perdido animación.
Ese mismo Madrid fue el que inspiró a Pío
Baroja en 'La Busca'. Manuel y su madre, dos de sus
protagonistas, bajan por la calle del Arenal, cruzan
la plaza de Oriente, el Viaducto, la calle del Rosario
y la Ronda de Segovia. Todas ellas son vías que
apenas han cambiado desde que el autor de 'La lucha
por la vida' escribiera sobre ellas. Si el visitante
viene del Barrio de las Letras, se siguen ofreciendo
a él al otro lado de la Puerta del Sol.
La bombilla
Actualmente, este parque de la Avenida de Valladolid
al que se refiere el escritor, además de la
sidrería de la que él habla -Mingo-,
cuenta con un cine de verano que ofrece sesiones diarias
al anochecer.
El barrio
de las Letras
Situado entre el Paseo del Prado, la Carrera de San
Jerónimo, la calle de Atocha y la calle de
León, entre sus arterias están las de
Moratín, Lope de Vega y Cervantes. Si bien
estas dos últimas, a la vista de su pequeño
recorrido no hacen honor a las dos plumas más
grandes del Siglo de Oro, si hay que decir que cuentan,
al igual que todo el barrio, entre las calles más
típicas del Madrid antiguo.
El centro
geográfico
Aunque a decir verdad este se halla en el Cerro de
los Ángeles, a escasos kilómetros de
Getafe, el kilómetro cero, el punto del que
parten todas las carreteras que salen de Madrid, se
encuentra en la Puerta del Sol, justo delante de antiguo
Palacio de Gobernación, actual sede del gobierno
autónomo.
La Fontana
de Oro
Taberna que albergara una tertulia revolucionaria
en la novela homónima, estuvo abierta en los
primeros números de la calle de la Victoria
hasta mediados del pasado siglo. Hace ahora 10 años
reabrió sus puertas en el mismo lugar como
pub irlandés. Eso sí, reproduciendo
en alguno de sus salones la decoración de la
que Galdós habla en sus páginas.
El corazón
del Madrid literario
La vida bulle a cualquier hora alrededor de la plaza
de Santa Ana, el corazón del barrio de Las
Letras. Aquí mismo se encuentra el teatro más
antiguo de la ciudad, el Teatro Español, donde
han tomado cuerpo las obras de los más ilustres
autores teatrales, a los que se recuerda en su fachada.
Versos a
los pies del paseante
Caminar por el Madrid de las letras siempre ha sido
un placer porque se trata de una de las zonas con
más sabor de la ciudad, pero aún lo
es más desde que la calle Huertas cambió
el tráfico por las citas literarias, y los
versos y fragmentos de narraciones se extienden a
los pies del paseante.
La plaza
Mayor, tumba de Galdós
Benito Pérez Galdós amó Madrid
y Madrid amó a Galdós, hasta el punto
que, según cuenta Ortiz-Armengol en su biografía
sobre el escritor canario, se llegó a pedir
que lo enterraran en la plaza Mayor.
"Para
la eternidad"
Entre lo que queda de azul en el cielo madrileño
y el verde de los Jardines del Moro emerge la silueta
blanquecina del Palacio Real, un edificio de aires
francoitalianos levantado "para la eternidad",
como se escribió en la primera piedra del mismo.
El corazón
geográfico del país
La Puerta del Sol la han pisado personajes de la literatura
española de todos los pelajes y de todos los
tiempos. En los alrededores de este punto neurálgico
de la ciudad proliferaron en el XIX los cafés
en los que los jóvenes literatos se reunían
para practicar una de sus grandes pasiones: las tertulias.
Cines, comercios,
vida...
La Gran Vía de Madrid es la misma gran arteria
por la que pasearon Alberti, Lorca, Miguel Hernández,
Altolaguirre, Cernuda... Aquellos inquietos poetas
de la Generación del 27 que casi a diario se
reunían en el centro de Madrid para hablar
de sus obras y de los temas que se cocían en
los fogones de la vida política española.

París,
capital literaria
"París
es una ciudad de siete colinas e incluso más
-escribe Jean Cocteau en el prólogo a una guía
sobre la capital francesa dada a la estampa en 1959-:
Montmatre, Montparnasse, Monte Valeriano (...). Sobre
estos montes y entre estos montes hay ciudades que forman
la ciudad. Ciudades y pueblos. El Palais Royal, donde
yo habito, es una pequeña ciudad rodeada de murallas
y para trasladarse a la verdadera ciudad es preciso
subir escalones, empujar verjas y atravesar bóvedas
y corredores". Al viajero de nuestro tiempo no
se le requiere tanto esfuerzo, basta con coger la línea
7 del metro, representada en los planos por un trazo
rosa, y bajarse en la estación de Palais Royal.
Lejanos ya los días en que fuera la capital cultural
del mundo, París sigue siendo, no obstante, una
de las ciudades con mayor atractivo para el turista
literario. Muchos son los lugares que ha de visitar
el lector que llega a ella esperando conocer los sitios
de los que le hablan sus textos favoritos. El puente
de Mirabeau sigue alzándose al final de la calle
de la Convención (metro Mirabeau, línea
10), como cuando Guillaume Apollinaire escribió
aquel poema que empezaba "Bajo el puente Mirabeau
fluye el Sena/ y en nuestros amores/ es preciso recordarlo/
el gozo sucedía a la pena". Otro puente
del río que cruza la Ciudad de la Luz, el de
Saint Michel (metro Saint-Michel-Notre-Dame, línea
6), fue evocado por Jaime Gil de Biedma en "París,
postal del cielo": "Aún vive en mi
memoria aquella noche,/ recién llegado. Todavía
contemplo, bajo el Pont de Saint Michel, de la mano,
en silencio,/ la gran luna de agosto suspensa entre
las torres/ de Notre Dame, y azul/ de un imposible el
río tantas veces soñado". Si el viajero
decide salir de la Isla de la Cité por ese puente
de Saint Michel, ha de hacerse la obligada foto en la
librería Shakespeare & Co (calle de la Bûcherie,
37. Metro Maubert-Mutualité, línea 10),
a cuya puerta fue tomado uno de los más célebres
retratos de Hemingway. Silvie Beach, la primera dueña
de este mítico establecimiento, también
fue la primera editora que conoció el "Ulises"
de James Joyce. Sin embargo, si el turista literario
se inclina por proseguir su recorrido por la otra orilla
del Sena, su paseo discurrirá entre el río
y el muelle del Louvre. Habiendo dejado atrás
la célebre pinacoteca, le saldrán al paso
los jardines de las Tullerías, la plaza de la
Concordia y los Campos Elíseos. En uno de esos
nuevos parques que rodean la parte baja de la más
célebre avenida de París (metro Champs-Elysées-Clémenceau,
línea 13) fue donde el pequeño Marcel
Proust quedó prendado de Gilbertte Swann. Oscar
Wilde, Voltaire, Jim Morrison... son algunos de los
personajes que hacen del cementerio de París
uno de los más visitados del mundo. El Montmatre
que hoy en día se ofrece a los turistas (metro
Blanche, línea 2), es casi el mismo que supo
de los excesos de Rimbaud, Verlaine y, más tarde,
de la tristeza de Baudelaire y las fobias de Celine.
Pero para disipaciones parisinas, las vividas y cantadas
en el siglo XV por el gran goliardo de las letras francesas,
François Villon, entre los estudiantes que ya
entonces poblaban el Barrio Latino (metro Odeón,
líneas 4 y 10). Mas recientemente, los existencialistas
tuvieron en estas calles uno de sus principales cenáculos:
el Café de Flore. Si el visitante pasea por el
bulevar de Saint Germain, todavía podrá
sentarse en alguna de la mesas de esta casa, frecuentada
en su momento por Jean-Paul Sartre. No muy lejos de
allí, el viajero se encontrará con los
jardines del parque de Luxemburgo (Metro Luxemburgo,
línea 10) a los que el pensador alude en su novela
"La edad de la razón" El Folies Bergères
que visitaba Bel Ami, el implacable arribista retratado
en la novela homónima por Guy de Maupassant,
sigue siendo el mismo que abre sus puertas a los turistas
de nuestros días en la rue Richer (metro Cadet,
línea 7). Por no hablar de las librerías
del bulevar de Saint Michel (metro Saint-Michel, línea
6), que tanto llamaban la atención de Luis Cernuda,
o la catedral de Notre Dame, que más de 170 años
después de haber inspirado a Victor Hugo sigue
estando en pie, abierta a quien quiera entrar en ella
en la Isla de la Cité (metro Saint-Michel-Notre-Dame,
línea 6). En la necrópolis más
visitada del mundo, el cementerio de Père Lachaise
(metro Père Lachaise, línea 3), se encuentran
-entre otras muchas- las tumbas de Oscar Wilde, Honoré
de Balzac y Paul Elouard. Entre sus frecuentadores llegó
a contarse el mismísimo Jim Morrison -reconocido
admirador de los poetas franceses- cuyos restos también
descansan hoy allí.
El puente
Mirabeau
"Los muelles de París, entre el Puente
Mirabeu y los paisajes de Billancourt -escribe Pierre
Mac Orlan-, sirvieron a menudo de abrigo a los inofensivos
truhanes de las orillas del sena. Un mundo bastante
vacío, de borrachos concienzudos y de muchachas
sometidas a las leyes de la bella estrella".
El Barrio
Latino
Fue, durante siglos, el barrio de los estudiantes
e intelectuales. En sus "caves" y tabernas,
los existencialistas descubrieron el jazz. Con en
correr de los años, también se fraguaron
aquí algunas de las revueltas de mayo de 1968.
La librería
Shakespeare & Co
Se trata de una librería de lance angloamericana,
definida por las guías de la ciudad como "muy
bien surtida y misteriosa". De no ser por la
presenta constante de grupos de estudiantes de la
obra de James Joyce, nadie diría que fue aquí
donde el texto capital del irlandés conoció
su primera edición.
El cementerio
de Père Lachaise
Además de albergar en sus calles los restos
de tantos protagonistas de la cultura universal -en
la puerta hay un plano donde se da noticia de dónde
se encuentran las tumbas de cada uno de ellos-, ofrece
al visitante -sea o no sea éste un mitómano-
uno de los paseos más agradables de París.
Folies Bergéres
Es, junto al Moulin Rouge, el escenario más
célebre de París. Sus revistas son siempre
un gran espectáculo en el que destaca el extremado
cuidado por la puesta en escena.
La "dama
de hierro" parisina
El más importante símbolo de París
y de toda Francia recuerda con un restaurante encaramado
en las alturas de sus huesos metálicos al padre
de aventuras como "La vuelta al mundo en 80 días"
o "Viaje al centro de la tierra", el gran
Julio Verne.
La catedral
gótica de París
La novela de Victor Hugo que dio vida al Jorobado
de Notre Dame, convirtió a la gran catedral
gótica de París en uno de los puntos
más visitados por los turistas que llegan a
la ciudad.
La avenida
más famosa del mundo
No resulta difícil imaginar la reacción
de los transeúntes del París de mediados
del XIX al cruzarse en sus paseos por los Campos Elíseos
con el excéntrico Baudelaire con su pelo teñido
de verde.
Montmartre:
el barrio de Amélie
El barrio más alto de París, rincón
favorito de pintores y literatos bohemios, vuelve
a estar en boca gracias a "Amélie",
la película francesa de Jean-Pierre Jeunet
protagonizada por Audrey Tatou.
El café
de Sartre
El Flore respira el halo intelectual de Saint Germain,
el barrio cuna del existencialismo, y entre sus mesas
se pasean los fantasmas de Jean-Paul Sartre y su eterna
compañera, Simone de Beauvoir.
Los jardines
de "La edad de la razón"
El controvertido Sartre aludía a los jardines
de Luxemburgo en su novela "La edad de la razón".
Los novios
del Sena
El de Mirabeau, el de Saint Michel, el Pont Neuf o
el de Alejandro III, son algunos de los más
evocadores puentes de la ciudad de la luz.

Sicilia:
Mafia, príncipes y Garibaldi
Aunque
la capital y centro neurálgico de la isla es
Palermo, para el lector de Giuseppe Tomasi di Lampedusa,
no puede haber otra entrada a Sicilia que la ofrecida
por el puerto de Marsala. Fue allí donde desembarcaron
Garibaldi y sus camisas rojas y fue allí donde
Tancredi, el favorito de don Fabrizio, fue a su encuentro
con ellos en ese duelo que mantuvo "contra el rey".
Ya fuera de la ciudad, a poco que lo intente, el lector
viajero reconocerá algunos de los campos donde
las cuadrillas de rebeldes encendían sus hogueras,
"parecidas a las luces que se ven arder en los
cuartos de los enfermos graves", escribe di Lampedusa.
A buen seguro que los sicilianos, de trato tan agradable
como todos los meridionales -así les hubiera
llamado Rosalía de Castro- saben descubrir al
turista los rincones de su isla retratados en 'El gatopardo'
y recomendar el mejor Donnafugata, el vino que bebían
sus personajes. No obstante, se dice que en Sicilia
la sed se combate comiendo las uvas que ofrecen los
vendedores ambulantes y que el medio de transporte ideal
es el coche, porque permite al visitante detenerse a
discreción en cuantas bellezas le ofrece un paisaje
formado por montañas rocosas y arenosas. De Marsala
a Corleone, la carretera discurre por Salemi y Alcamo.
La mafia, que nació en la Edad Media como una
organización secreta de resistencia al invasor
normando, ha tenido en Corleone, ciudad natal del don
Vito de Mario Puzo, su mayor escaparate. Convertida
también en un mito cinéfilo desde que
Coppola rodara la trilogía de 'El padrino', cualquiera
de las villas hoy abandonadas -a causa de la especulación
turística, que no por asuntos de la "cosa
nostra"- podría ser aquella en la que el
pequeño Vito vio morir a su madre. Las calles
de Corleone siguen siendo las mismas por las que el
vocero de don Ciccio amenazaba a quien osara dar cobijo
al pequeño huérfano. Las excelencias de
Palermo, Gela y Gibelina, tres visitas ineludibles para
el turista en tierra siciliana fueron debidamente cantadas
por Leonardo Sciascia en 'Los tíos de Sicilia',
celebrada crónica de las tradiciones de su tierra
natal. En la primera de estas tres ciudades, la gruta
donde se retiró Santa Rosalía hoy es una
iglesia que en 1787 fue frecuentada por Goethe, según
reza la placa colgada de una de sus paredes. Vigàta,
el pueblo donde Andrea Camilleri sitúa la residencia
del comisario Salvo Montalbano no existe. Se trata de
un trasunto de Punta Secca, un pequeño pueblo
que se alza entre el puerto de Ragusa y Scili. Si se
ha entrado en Sicilia por Marsala, se puede llegar allí
siguiendo la carretera de la costa. El marco de las
aventuras de este singular policía ofrece un
pequeño viaje por sí solo. Su itinerario,
sin abandonar nunca la costa, discurre por Porto Empedocle
-ciudad natal de Camilleri-, Gela -donde murió
Esquilo-, Sciacca y Raffadali. Ya en el interior, el
recorrido prosigue por el valle de Agriento. La carreta
que lleva de esta ciudad a Palermo es la citada en "El
perro de Terracota".
Marsala
Situada a 96 kilómetros al sudoeste de Palermo,
se alza en el mismo lugar que lo hiciera Lilybaeum,
la principal fortaleza cartaginesa en Sicilia. Fue
aquí donde en 1860, Garibaldi empezó
su campaña siciliana.
Gela
Levantada a orillas del río Terranova, Gela
se encuentra a 65 kilómetros al sudeste de
Agriento. Antigua colonia griega, bajo el gobierno
de Hipócrates fue la principal ciudad de Sicilia.
Ragusa
Levantada en la antigua Hybla Heraea, cuyas murallas
vieron morir a Hipócrates de Gela en 491 a
d.C. Ragusa se encuentra a 48 kilómetros al
sudoeste de Siracusa.
El Valle
del templo
El valle siciliano de Agrigento en el que se alza
el templo griego de Juno, vio nacer al premio Nobel
y maestro del teatro Luigi Pirandello, todo un honor
para este valle de aires helenos.
Giardini
di Naxos
La costa siciliana es la quintaesencia del Mediterráneo
y un buen resúmen para salir en busca de las
huellas de algunos de sus pueblos, como fenicios,
cartagineses, griegos, romanos, españoles...
Un interior
espectacular
En el interior de la isla otros paisajes llaman la
atención tanto como lo hacen los costeros,
ése es el caso, por ejemplo, de la ciudad de
Nicosia, en la provincia de Enna.
Amalgama
de culturas en la capital
En la costa norte de la isla se encuentra su capital,
Palermo, la ciudad que vio nacer al autor de la irónica
y polémica 'El Gatopardo', Tomasi di Lampedusa.
Modica, cuna
de poetas
También los espléndidos edificios barrocos
de esta ciudad, que fue capital de un próspero
condado en los siglos XVI y XVII, han alumbrado a
personajes que marcaron el mundo de las letras. Tal
es el caso del poeta y crítico literario Salvatore
Quasimodo.
Escenario
de tragedias griegas
En el siglo V a.C. las tragedias griegas ya tomaban
vida en el escenario del teatro de Segesta, que llenaba
sus gradas con los 15.000 espectadores que permite
su aforo.
El gigante
bueno
Se dice que el filósofo Empédocles
acudió al Etna para poner fin a sus días.
El gigante bueno, como se conoce a este volcán,
es el más activo de Europa y en sus entrañas
guarda buena parte del alma de la isla.
Marsala:
vino y sal
El Museo de la Sal de Marsala, enclavado en un antiguo
molino salinero, bien merece una visita para conocer
otra cara de esta ciudad famosa por sus vinos y por
su puerto, en el que desembarcaron Garibaldi y sus
camisas rojas.
El Neptuno
de Messina
La estatua que Montorsoli levantó cerca de
la Lonja de Messina no suele quedarse fuera de los
mejores circuitos turísticos de esta ciudad
destruida varias veces por terremotos y bombardeos,
desde la que se divisa el continente, concretamente
"la punta de la bota italiana".

Lisboa,
adoquines de poesía
Visitar
a este eterno Pessoa es una cita ineludibe para el lector
viajero. Pocos autores sintetizan el alma de una ciudad
como Fernando Pessoa lo hace con su Lisboa. Por más
que escribiera aquello de que "el poeta es un fingidor",
el cariño que le inspiraron las calles que le
vieron nacer era tan sincero que ha acabado por convertirle
en un fenómeno turístico en algunas de
ellas. De sus paseos por la capital portuguesa aún
hablan sus paisanos, muchos de sus lugares favoritos
aún se ofrecen al lector viajero. El paseo por
la Lisboa del autor de 'El libro del desasosiego' comienza
en el barrio de O Chiado. Ya casi totalmente reconstruido
tras haber sido pasto de las llamas del devastador incendio
sufrido en 1988. El poeta aún aguarda al visitante
sentado en la terraza de A Brasileira (Rúa donde
do Almeida Garret, 120), donde una estatua en bronce
reproduce su triste figura. Junto a ella, una silla
vacía, invita al lector a tomar asiento y fotografiarse
junto a Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Alvaro de Campos
y el resto de los heterónimos que Pessoa alumbró.
Todos ellos habitaron en la casa del escritor (Rúa
Coelho da Rocha, 16). Entre sus paredes, además
de la correspondiente biblioteca y un importante archivo,
el visitante encontrará algunos de los objetos
personales de ese empleado comercial que fue Pessoa
en vida. Destaca entre todos ellos la carta astral del
escritor. Cuenta la leyenda que Luis Vaz de Camões
vivió algunas de sus disipaciones en los alrededores
de la plaza que hoy le recuerda, también en el
barrio de O Chiado. Algunas de estas mismas calles fueron
holladas por Pereira 350 años después
de la muerte del autor de 'Os Lusíadas'. En cualquier
caso, la Lisboa de Pereira es una ficción nacida
en la mente de una italiano buen amante de la cultura
portuguesa, Antonio Tabucchi. Sin embargo, cabe apuntar
que Pereira se hubiera sentido satisfecho de ver que
algunos de los nombres salazaristas de las calles por
las que él paseo, tras la Revolución de
los Claveles pasaron a denominarse de maneras más
felices. Tal puede ser es caso de la Avenida da Libertade.
José María Eça de Queiroz -uno
de los autores más grandes que hayan dado las
letras del país vecino-, no por realista y parnasiano
dejó de interesarse por lo quimérico.
Así, en sus protagonistas, desde una pensión
lisboeta, eran capaces de matar mediante prodigios a
terribles mandarines que hacían volar sus barriletes
en terrazas que se alzan en la remota China. La Lisboa
del gran Eça de Queiroz es la del Cementerio
de los Placeres, y el Hotel Bragança, la de Benfica,
el barrio Alto, el Graça, el de la Mouraira.
El teatro de São Carlos, la Estación de
Santa Apolónia, la rua du Ouro y la plaza del
Rossio -todo ello en el centro neurálgico de
la ciudad- son el escenario de esas espléndidas
narraciones de Eça de Queiroz, donde pasión,
fatalidad y esoterismo discurren en paralelo. Cabe una
última recomendación en la visita a la
Lisboa literaria: el museo dedicado a la memoria del
poeta João de Deus (Avenida Álvares Cabral,
69).
Barrio Alto
Adyacente al barrio de O Chiado, es uno de los barrios
más típicos de la ciudad. Poblado originalmente
por gente empleada en las atarazanas, más tarde
fue fuente de inspiración de poetas y fadistas.
Actualmente se ha convertido en el centro de la vida
noctámbula y juvenil de la ciudad.
Cementerio
de los Placeres
El origen de tan singular nombre para un camposanto
-que se pone como ejemplo del carácter portugués-
suele atribuirse al título de un fado y al
espíritu que inspira todo este género
de canciones. Se trata de una de las necrópolis
más grandes de Lisboa.
Hotel Bragança
Establecimiento que acogiera las cenas de "Os
vencidos da Vida". Fue esta una tertulia integrada
por los protagonistas de la vida literaria, política
y social de la Lisboa decimonónica -entre quienes
también se encontraba Ramalho Ortigão-
que intentó reconstruir la sociedad portuguesa.
Su fracaso en el intento les dio el nombre.
Torre de
Belem
Dicen de ella que es el único monumento auténticamente
manuelino. Es también el gran icono de la capital
lusa y la vigilanta que ha visto partir a tantos navegantes
en busca de otros mundos.
En memoria
de los descubridores
Muy cerca de la Torre de Belem, también a orillas
del Tajo, se levanta en honor a todos esos navegantes
que partieron en busca de otros mundos el Monumento
a los Descubridores portugueses.
Sobre las
aguas del Tajo
Tiene un aire al Golden Gate, pero no son las aguas
de la bahía de San Francisco las que corren
bajo la estructura del puente 25 de Abril, sino de
las del Tajo -o Tejo-, ese río que une y separa,
al mismo tiempo, a los pueblos de la Península.
El tranvía
de Pessoa
"Salgo del tranvía exhausto y sonámbulo.
Viví la vida entera", decía Pessoa.
El 28 era su tranvía y sus raíles conducen
todavía a la casa que el literato habitó
los últimos 15 años de su vida.
Los tejados
de Lisboa
¿Qué tendrán los tejados de Lisboa
que han inspirado a tantos artistas? Mucho tienen
que ver con ese aire romántico de la "ciudad
triste y alegre" que soñó Pessoa.
Rossio, universo
de Queiroz
Por el Rossio y sus calles aledañas Eça
de Queiroz acostumbraba a hacer deambular a los personajes
de sus historias eternas.
Paisaje cosmopolita
Dice Saramago que Lisboa es "donde acaba el mar
y la tierra comienza", será por ese carácter
fronterizo por lo que Lisboa ha sido siempre destino
de viajeros de todo el mundo, viajeros que se funden
con el paisaje cosmopolita de la ciudad.
Lisboa de
azulejos
Adoquines en el suelo y azulejos en las paredes. Así
se vistieron muchas calles lisboetas cuando esta ciudad
lucía en su mayor esplendor. En muchos de estos
azulejos permanecen estampas de la Lisboa anterior
al terremoto de 1755.
A Brasileira
y Pessoa
Como era su costumbre, como cualquier otro cliente,
permanece Pessoa sentado en la terraza de A Brasileria,
su café favorito.

Berlín,
la ciudad de los espías
Con
el muro de Berlín también cayó
una de las principales referencias literarias de la
capital alemana. Fue en él, intentando huir al
sector occidental, donde Liz y Alec Leamas, los protagonistas
de 'El espía que surgió del frío'
(1963), la obra maestra de John Le Carré, encontraban
la muerte. Habiendo sido Berlín uno de los principales
escenarios de la Guerra Fría, es lógico
que también lo fuera de las grandes novelas de
espionaje. La gente del Smiley de Le Carré era
experta en hacer pasar aquel muro que hizo correr tanta
tinta y del que hoy sólo queda un museo en el
que antaño fuera el Check-Point Charlie. Aunque
los escritores de novelas de espionaje se hayan visto
privados de una de las principales referencias de sus
argumentos, la demolición del Muro de la Vergüenza
permite al lector turista visitar sin mayor problema
el Theater am Schiffbauerdam, donde Bertolt Brecht organizó
en 1949 su célebre Berliner Ensemble tras una
primera experiencia en el Deutsches Theater. Anteriormente,
Brecht había sido uno de los principales exponentes
del florecimiento cultural que conociera Berlín
con la república de Weimar. Fue en aquellos años
anteriores al incendio del Reichstag -lo que también
ha inspirado no poca literatura-, cuando Brecht desarrolló
sus teorías de la nueva objetividad. Es a aquel
periodo de la ciudad donde nos remite Christopher Isherwood
en 'Adiós a Berlín'. "A la Wassertorstrasse
se entraba por un gran arco de piedra" apunta el
escritor inglés refiriéndose a la calle
en que se encontraba el domicilio de los Nowak. Si bien,
las pintadas a las que alude Isherwood, hoy serán
de índole muy diferente, la vía, para
deleite de sus lectores, se encuentra en el mismo sitio.
Más difícil será encontrar el Kit-Kat,
el cabaret donde actuaba la cantante norteamericana
Sally Bowles, que tanto inspiró a Isherwood.
Pero en los alrededores de la Kurfürstendamm -la
principal calle del sector occidental durante la ocupación,
el lector viajero dará con algunos establecimientos
de esta características. Aun se canta en ellos
a Kurt Weil y Brecht para deleite de los turistas literarios.
Tal vez sea "Berlin Alexanderplatz", de Alfred
Döblin, la más célebre de las ficciones
inspiradas por la capital alemana el pasado siglo. En
sus páginas se nos refiere la experiencia de
Franz Biberkopf, un mozo de cuerda que, tras matar a
su novia en un acceso de ira y cumplir la correspondiente
condena por ello, intenta enmendar su vida en los barrios
pobres del que antaño fuera el Berlín
Este. Pero la verdadera protagonista de aquellas páginas
era la ciudad, vista desde el lado menos feliz de la
república de Weirmar. Desde la unificación,
la Alexanderplatz, junto la avenida Unter den Linden,
la Opera del Estado, la Torre de la Televisión
y el Nikolaiviertel forma parte del recorrido por el
casco viejo de la ciudad.
La gente
de Smiley
Son los agentes del servicio de inteligencia británico
pertenecientes a "El circo", nombre que
en el argot interno de la organización se da
la célula mandada por Smiley -protagonista
de algunas de las mejores novelas de John Le Carré-.
La república
de Weimar
En julio de 1919, tras la derrota alemana en la Primera
Guerra Mundial acaecida el año anterior, la
Asamblea Nacional de aquel país adoptó
en esta ciudad -capital de Turingia-la Constitución
de la nueva república. Aquel periodo de libertades
democráticas se prolongaría hasta la
toma del poder por parte de los nazis en 1932.
El Kit-Kat
Club
Aunque en la adaptación cinematográfica
que Bob Fosse realizara en 1972 de "Adiós
a Berlín", el cabaret donde actúa
Sally Bowles (Liza Minnelli) es el Kit-Kat, en realidad,
este fue uno de los principales clubs nocturnos de
Londres. Ello no fue óbice para que, a raíz
del éxito de la cinta -distinguida con varios
oscar en 1972- se abriera un Kit-Kat en Berlín.
Checkpoint
Charlie
El Checkpoint Charlie, el más conocido de los
puestos de control del Berlín dividido, ha
recuperado recientemente su esencia con la construcción
de una réplica de la caseta de vigilancia que
mantenía separadas las dos partes de la ciudad
en donde aún puede leerse el conocido: "You
are leaving the american sector".
En tierra
de nadie
La que fuera símbolo de la separación
de las dos Alemanias, se convirtió en 1989
en el símbolo de la reunificación. Actualemente,
la Puerta de Brandemburgo luce su reciente lavado
de cara.
Hotel Adlon
Nunca se imaginó Lorenz Adlon, mientras aprendía
el oficio de carpintero en su Mainz natal, que acabaría
fundando el que fuera en su momento uno de los hoteles
más lujosos del mundo, el mismo en el que la
novelista austriaca Vicki Baum se inspiró para
escribir su 'Gran Hotel'.
Gendarmenmarkt
Es fácil estar de acuerdo con aquellos que
sostienen que esta plaza, custodiada por dos catedrales
-la francesa y la alemana-, es uno de los lugares
más bonitos de la ciudad.
El muro-galería
En el verano de 1961 el gobierno de la RDA mandó
cerrar las fronteras con la Alemania Occidental levantando
un muro de ladrillos. La famosa pared ha acabado convertida
con el tiempo en la galería de arte al aire
libre más grande del mundo. Todo por obra y
gracia de los grafiteros.
El pulmón
de Berlín
El Tiergarten es el parque más grande de la
capital alemana. Se trata de un antiguo coto de caza
de los príncipes prusianos que en el siglo
XVIII fue convertido en parque.
El viejo
Berlín del sur
Merece la pena perder los pasos por las calles estrechas
del barrio de Köpenick, situado al sur de la
ciudad, y embelesarse con el gótico de sus
principales edificios.
Centro de
vida
Postdamer Platz era el centro de la ajetreada vida
berlinesa antes de la II Guerra Mundial. Tras la caída
del Muro sus rincones recuperaron el movimiento que
echaban de menos. Hoy es el nuevo centro de la ciudad
con restaurantes, cafeterías, cines...

Illiers-Combray,
el lugar que inventó el turismo literario
Son
tantos los lectores que visitan Illiers -Combray en
el primer capítulo de 'Por el camino de Swann'-
que las autoridades territoriales francesas han tenido
a bien "rebautizarlo" Illiers-Combray en tributo
a Marcel Proust. El autor de "En busca del tiempo
perdido", desde la publicación de las primeras
ediciones de ese magno fresco de toda una época
que viene a ser la universalización de su memoria
personal, consigue admiradores tan entregados que fueron
ellos quienes, hace ya muchos años, inauguraron
una nueva forma de viaje: el turismo literario. Los
propietarios de la pastelería de la plaza de
Illiers-Combray -donde es de suponer la familia Proust
adquiría sus magdalenas- han debido de hacer
fortuna vendiendo estos bollos a los lectores del maestro.
Huelga decir que el ritual, una vez en el pueblo, consiste
en comprar las magdalenas y evocar las páginas
del escritor experimentando el mismo estremecimiento,
dejarse invadir por ese placer delicioso que son los
recuerdos. Pero en este caso, a diferencia de lo que
acontece al adentrarse en la cosmología de Proust,
que se rememora la experiencia personal, el lector viajero
recuerda la lectura del capítulo aquí
localizado, que no es otro que aquel que descubre el
procedimiento de la obra entera. El viaje a la Normandía
de Marcel Proust es el viaje literario por excelencia.
Yendo a ella desde París, Illiers-Combray es
la primera localidad que sorprende al viajero y le sorprende
porque se diría que todo sigue tal y como el
escritor lo dejara. El campanario de la iglesia de Saint-Jacques
hará evocar al turista el de Saint-Hilaire, que
el escritor reconocía desde muy lejos, antes
de llegar al pueblo. Una vez en la villa, pese a que
el desembarco aliado en Normandía durante la
Segunda Guerra Mundial causó estragos en el epicentro
de la cosmología del novelista, en la plaza de
Lemoine, aún puede visitarse la casa de la tía
Léonie. Es más, incluso puede entrarse
en ella por la cancela por donde lo hacía Swann.
El jardín ornamental creado por el tío
del escritor, Jules Amiot -la finca de Swann en la novela-
también aguarda al visitante con sus templetes,
sus palmeras enanas, su gruta artificial y sus insólitos
palomares. La costa de Balbec se extiende desde Deauville
hasta Luc-sur-mer. El recorrido de un sugerente ferrocarril
discurre en paralelo a ella. Los nombres de las estaciones
que el tren va dejando atrás, le resultarán
familiares al lector viajero: Marie-Antoinette, Saint
Vaast, Gonneville, Riva Bella, son pueblos que aparecen
en las páginas de 'En busca del tiempo perdido'
y que aquí se ofrecen al visitante. Merece especial
atención el Gran Hotel de Cabourg, el Gran Hotel
de Balbec en "Las muchachas en flor" y en
'Sodoma y Gomorra'. Será en él donde el
escritor recibirá la llamada telefónica
que le anuncia que la abuela está a punto de
caer. Actualmente, todo lo reformado que cabe suponer
al cabo de casi 100 años, el establecimiento
sigue en pie para deleite de cuantos quieran pasar allí
unos días.
El episodio
de la magdalena
Muy probablemente sea el fragmento que más
estudios ha inspirado de toda la novelística
del siglo XX. Es el que introduce al lector en la
evocación que va a ser toda la novela. En él,
el sabor del bollo, suscita en el autor una alegría
insospechada en un día melancólico y
le precipita a los recuerdos.
Normandía
Una de las provincias más antiguas de Francia,
que se extiende a orillas del Canal de la Mancha y
comprende los departamentos de Sena Marítimo,
Eure, Orne, Calvados y La Mancha. Sus principales
ciudades son El Havre, Caen y Cherburgo.
La casa de
la tía Léonie
Cuidada hasta el detalle, en su interior, entre otros
muchos mitos de la cosmología del autor, se
guarda su alcoba, la linterana mágica a la
que alude en sus páginas e incluso la novela
de George Sand que en uno de los capítulos
le lee su madre.
El Gran Hotel
de Cabourg
Establecimiento de refinado encanto, además
de con espléndidas vistas al mar -según
se lee en "Las muchachas en flor" contaba
entre sus atractivos de antaño con una "comida
exquisita" y una "vista fantasmagórica
de los jardines del casino".
El acantilado
de Etretat
Victor Hugo le escribía a su hija Adèle:
"En Etretat he visto algo admirable. El acantilado
está perforado por grandes arcos naturales
bajo los que rompen las olas durante la marea alta.
Es la arquitectura más gigantesca que existe".
La magia
del Mont Saint Michel
¿Sobre arena o sobre agua? Las mareas y el
espectacular emplazamiento del Saint Michel juegan
desde hace mil años a la ambigüedad y
al misterio.
Los jardines
de Proust
Es visita obligada el romántico jardín
Le Pré Catelan para aquellos con ganas de rastrear
el Illiers-Combray de Proust.
Las flores
de Monet
El jardín de la casa de Claude Monet en Giverny
cuenta "con más tonalidades y colores
aún, que flores", decía Marcel
Proust.
Pueblo de
lienzo
Honfleur, el pueblo que ve morir al Sena, inspiraría
a cualquier literato, pero es la pintura el arte con
el que más le gusta coquetear. No en vano,
este pueblo de aire holandés vio nacer a Boudin.

Londres,
la cuna de Sherlock Holmes
Londres
es uno de esos lugares en los que todo es una fabulación
libresca. En Baker Street pueden verse los efectos personales
de Sherlock Holmes y, entre otras curiosidades, una
carta fechada en 1994 en la que el secretario del Príncipe
de Gales responde amistosamente a una invitación
del maestro de la deducción. En los jardines
de Kensington se encuentra un pequeño Peter Pan
de bronce; en su pedestal se aclara que se trata del
chico que no quiso crecer, el inquilino más famoso
del parque. Los antiguos romanos decían que la
calle era el gran teatro del pueblo. Un dicho inigualable
para describir lo que Londres guarda para el visitante.
Quien llega a esta ciudad ignora que está realizando
un largo viaje por todo el mundo y una fugaz escapada
a diversas culturas. Londres es más que historias
de Familias Reales, más que miles de hectáreas
de parques, más que cientos de museos y más
que pubs. Es un extraño "puzzle", sin
una atmósfera única. Cada barrio y cada
parte de la ciudad tienen su propio carácter,
su propio ambiente, su propia historia y todos ellos
juntos han creado el Gran Londres. Y, paradójicamente,
a pesar de ello, no existe otra ciudad que sea más
inglesa. Dicen que las vacaciones y los viajes son como
el amor: se espera con muchas ansias, se vive con contrariedades
y cuando se va, se recuerda con profunda nostalgia.
Y Londres será como el primer amor que nunca
se olvida. Basta recordar las palabras de Johnson: "Cuando
vi Londres, vi todo lo que el mundo puede ofrecer".
El que visita por primera vez la capital de Gran Bretaña
puede sentirse abrumado y perdido entre los más
de 1.700 kilómetros cuadrados que la componen.
Pero pronto será atrapado por el espíritu
investigador del célebre personaje literario
Sherlock Holmes, el deseo por descubrir la ciudad, siguiendo
las huellas de Oliver Twist, descifrando las numerosas
expresiones artísticas en sus majestuosos palacios,
disfrutando la tranquilidad de sus parques o perdiéndose
en lo extravagante y seductor de Piccadilly Circus.
Londres ha conservado su grandeza de capital de un imperio,
incluso ahora que no hay imperio. Cuando se pasea junto
al Támesis, Chelsea o Trafalgar Square, uno se
empapa de su belleza, casi trascendente y melancólica,
de su grandeza hecha a la medida de la mirada de los
hombres. La ciudad deslumbra, a pesar de que algunas
veces estallen de vez en cuando las costuras de ese
traje bien cortado de la moral victoriana. El interés
de sus edificios,la riqueza de sus museos, lo misterioso
de sus pubs, los guardias impasibles del Palacio de
Bukcingham o el East End, donde Chaplin rodara sus primeras
películas, hacen de Londres una ciudad entrañable.
Probablemente no sea una de las más bellas del
mundo, pero sin lugar a dudas, es uno de los sitios
más interesantes para los turistas y viajeros.
Es demasiado tarde para reclamar a Percy, quien escribió
que "Londres es una ciudad llena de gente y de
humo, con poca justicia y aún menos compasión".
Olvidó que la vida en Londres es una gran aventura.
La zona de Charing Cross Road se ha convertido en un
lugar privilegiado en el comercio especializado de libros.
Podemos encontrar libros nuevos, de segunda mano o antiguos.
La famosa Foyle´s, sucursales de la cadena Books
Etc y Waterston´s, librerías especializadas
como Murder one, Silver Moon y Zwemmer se han instalado
en este barrios literario. En Picadilly dos de las mejores
librerías generales son Hatchards´s y Dillons.
En Covent Garden se encuentra la tienda de saldos más
atractiva del mundo, The Banana Book Shop. Para publicaciones
extranjeras lo mejor es dirigirse a Tower Records o
Gray´s Inn News.
Museo Sherlock
Holmes
Sherlock Holmes y el Doctor Watson vivieron en el
221b de Baker Street entre 1881 y 1904, según
las historias escritas por Sir Arthur Conan Doyle.
El famoso estudio del primer piso fue mantenido tal
cual era en la era victoriana. Los visitantes pueden
sentarse en el sillón de orejas de Holmes junto
al hogar, y entrar a su habitación junto al
estudio. Sus posesiones se encuentran en el lugar
en que él solía tenerlos: su pipa, violín,
equipo de química, lupa
La habitación
del Dr. Watson se encuentra en el segundo piso, y
se puede encontrar allí su diario personal,
con anotaciones sobre el famoso caso del Mastín
de los Baskerville. En el tercer piso se encuentran
modelos de cera que representan escenas de algunos
de los casos más famosos del detective.

San
Petersburgo. La patria de Dovstoievski
La
fortaleza de Pedro y Pablo se encuentra a orillas del
Neva, frente al Palacio de Invierno. En ella fue recluido
Dostoievski por leer una carta de la que se deducía
una crítica al Zarismo. "Petesburgo es la
ventana por la que Rusia se asoma a Europa", fue
un italiano, Francesco Algarotti (1712-1764), quien
escribió estas palabras, las primeras sobre la
urbe que se recuerdan. Leningrado, Petrogrado y San
Petesburgo. De los tres nombres por los que se ha conocido
la ciudad fundada por Pedro el Grande en 1703, a orillas
del delta formado por la desembocadura del Neva en el
Golfo de Finlandia, fue con el tercero con el que se
convirtió en un mito de la gran novela rusa.
En ella tuvo lugar el duelo que el 27 de enero de 1837
pusiera fin a la vida de Alexandr Serguéivevich
Pushkin, uno de los más grandes poetas rusos.
Afrancesado desde niño, ya en su edad adulta,
el poeta gustaba de consultar la biblioteca particular
de Voltaire, conservada en la Biblioteca Pública
de la ciudad, una de las más grandes del mundo
con un montante total de volúmenes superior al
millón. También fue en San Petesburgo,
en su célebre teatro Mariinsky, donde Turguéniev
conoce ría a la cantante Paulina García
de Viardot, por cuyo amor, el autor de "Los relatos
del cazador", abandonaría Rusia para establecerse
en Francia. La Biblioteca y el Teatro, aún pueden
ser visitadas por el lector viajero. San Petesburgo
es a Dostoievski lo que París a Balzac. Llegó
a ella junto a su hermano Mijail en 1837, cuando la
ciudad aún lloraba a Pushkin, si bien no faltan
autores que fechan la llegada en 1839. Fuera cuando
fuese, lo que llevó al novelista a la ciudad
fue su ingreso en la escuela de Ingeniería Militar
del Castillo de Mijailovski, edificación que
todavía se alza para deleite del turista literario.
Los vecinos más humildes de San Petesburgo habrían
de ser los protagonistas del escritor desde 'Pobres
gentes' (1846), su primera novela, hasta 'El adolescente'
(1875), la penúltima. El lector viajero aún
puede visitar las mismas calles en las que Marmelládov
muere atropellado y se suicida Svidrigáilov.
Todas ellas se encuentran en las inmediaciones de la
Plaza de la Paz, principal escenario de 'Crimen y castigo'
(1866) que, junto a la visita a la casa en la que muriera
el escritor (Pasaje de Kouznets, 5) y a su tumba, en
el monasterio Nevski, completan, el paseo mínimo
que ha de hacer el lector de Dostoievski en su visita
a San Petesburgo. La fortaleza de Pedro y Pablo, donde
Dostoievski fuera confinado el 23 de abril de 1849 por
leer una carta en la que Belinski le reprochaba a Gógol
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